Delegación de Pastoral Vocacional de Madrid
Random header image... Refresh for more!

Pedro: Serás Pescador de hombres

PEDRO
Serás Pescador de hombres

Observa detenidamente el cuadro de la portada. Representa a un hombre que está siendo está siendo liberado por un ángel. Es un cuadro del siglo XVII y representa una escena bíblica:

Sabrías decir quien es el personaje que es liberado por el ángel?

¿A qué pasaje de la Escritura se refiere?

El personaje está siendo liberado de unas cadenas. ¿Por qué le habían encarcelado?.

¿Quién libra a nuestro personaje de las cadenas? ¿Es el ángel o es alguien a quien el ángel representa? ¿Por qué le libera? ¿Qué es lo primero que hace después de ser liberado?

Desde tu punto de vista personal, ¿crees que existen otro tipo de cadenas distintas a las materiales que ataban a nuestro personaje? ¿no crees que existen otros yugos mucho peores como la soledad, el desaliento…?. Coméntalos.

TE PRESENTO A PEDRO

San Pedro, nuestro protagonista, también sabe de buena tinta que existen otras cadenas mucho peores que aquellas que le tuvieron aprisionado durante la persecución de Herodes en tiempo del gobierno de Claudio.

Hubo un tiempo en que a Pedro le ataron otras cadenas. Pero también en ese otro tiempo ocurrió lo mismo que ahora. Dios, para liberar a Pedro de esas cadenas enormes del pecado, envió a Jesucristo mismo. Y éste, mejor que cualquier ángel, que cualquier mensajero, llamó a Pedro a su seguimiento y le liberó.

¿Te das cuenta que Jesús también te llama a ti a su seguimiento?

Caminando, pues, junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, que se llama Pedro, y Andrés, su hermano, los cuales echaban la red en el mar, pues eran pescadores, y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron.

¿Cambia en algo Pedro por seguir a Jesús? ¿Y tú?

La vida de Pedro, al menos, pasó de ser de una manera a ser de otra. ¿Crees que este cambio es definitivo? ¿Hay vuelta atrás?

¿Progresó luego Pedro en conocimiento y amor a Jesús?

PEDRO ES UN TESTIGO DEL AMOR DE DIOS Y QUIERE LLEVARTE HASTA ÉL

El Apóstol Pedro experimentó esto en primera persona. Jesús es el Cordero inocente que nos llama para liberarnos. Jesús, como salió al encuentro muchas veces, sale también a tu encuentro en toda circunstancia. Pero, de entre todas esas veces, Jesús llama especialmente una vez a Pedro a su seguimiento. Las siguientes veces son momentos de confirmación o ayuda. La vocación es esa llamada de Jesús al hombre para que le siga. Sin embargo

Dios ha querido “dejar al hombre en manos de su propia decisión” ( Si 15,14), para que pueda adherirse libremente a su Creador y llegar así a la bienaventuranza perfecta” (CEC 1743)

Jesús sale a tu encuentro hoy. La respuesta depende de cada uno. Sin embargo, esa repuesta se alimenta cada día, cada momento. Y uno puede ser infiel. En definitiva, la vocación no es más que un diálogo de amor entre Dios y el hombre.

Desde tu punto de vista:

¿En qué cosas se parece la relación entre las personas y la relación entre Dios y el hombre?¿Son muy distintas?

Pedro dijo sí a esa relación con Dios. Luego tuvo momentos de mayor amor y fidelidad “bienaventurado tú, Simón Bar Jona…”(Mt 16,17) o de menos atención o más infidelidad “¡Yo no conozco a ese hombre” (Mt 26,74).

¿Estás tú dispuesto a comenzar esa relación con Dios?.

PARA QUE LE CONOZCAS Y GOCES DE SU AMISTAD

El cristiano es llamado por Jesús para su seguimiento en un estado de vida concreto. Unos en el matrimonio; otros, como Pedro, por el sacerdocio. A continuación vamos a meditar un texto en el que se muestra esa vocación sacerdotal a la que fue llamado el Apóstol. Tú, por tu parte, puedes decirle a Dios lo que quieras, lo que el texto o las indicaciones de tu catequista te sugieran:

“Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor, tu sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejuelas. Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿me amas? Y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Díjole Jesús: cuando eras joven, tú te ceñías e ibas donde querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras. Esto lo dijo indicando conque muerte había de glorificar a Dios Después añadió: Sígueme.”.(Jn 21,15-17a.18-19).

Y AHORA, TÚ ¿QUÉ DICES?

Se trata de poner en común las distintas conclusiones que cada uno podéis haber sacado de vuestro diálogo con el Señor. De esta puesta en común es necesario que cada uno asuma un compromiso personal concreto.

Pedro supo rectificar cuando ofendió al Señor, supo reconocerle muchas veces en los demás… y tú, ¿rectificas cuando ofendes al Señor?, ¿le quieres como le quiso Pedro?… que tu propósito personal concreto sea vehículo a través del cual tú y los que te rodean améis más a aquel a quien Pedro amó con todo el corazón y por quién llegó a morir haciendo buenas sus palabras: Extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras…

SAN PEDRO

(Guía del catequista)

ÍNDICE

1ª PARTE: “Serás pescador de hombres”.

Esta es la parte introductoria. Con la pintura, se trata de que las preguntas sean respondidas por los mismos chicos, dando oportunidad al diálogo. El cuadro no es más que un pretexto para romper el hielo en la catequesis. El objetivo principal de esta primera parte es introducir el tema: La vocación sacerdotal vista desde San Pedro. Este cuadro ha sido elegido porque representa a San Pedro en el momento en que es liberado porque lo que interesa subrayar es que la vocación no es una determinación de un día de lucidez, sino que, además de poder ser eso, es una lucha constante y diaria por mantenernos en el amor de Cristo. Hay muchas cadenas que nos atan y nos impiden seguir en la carrera del seguimiento de Cristo, pero es necesario liberarse de ellas. A Pedro le encadenaron precisamente por ser apóstol suyo; a nosotros nada nos debería parar en el seguimiento de Cristo.

2ª Parte: “Te presento a Pedro”.

Ahora, poco a poco, es el catequista el que tiene que ir tomando la voz de la catequesis. Si bien la primera parte está dirigida más directamente a los chavales, en esta parte el objetivo es, entre todos y bajo la guía del catequista, desarrollar un poco la vida de Pedro entorno a un texto central, que es el que se propone en la hoja del catequizado: La vocación de Pedro.

3ª Parte. “Pedro es un testigo del amor de Dios y quiere llevarte hasta él”.

Esta es la parte más importante. Es también, sin duda, la parte más doctrinal. Para poder desarrollarla adecuadamente luego se ofrecerá suficiente material para su preparación. De momento sólo lo decimos para que tú, catequista, lo tengas en cuenta para el desarrollo de la catequesis.

4ª Parte. “Para que le conozcas y goces de su amistad”.

Este es el momento de la oración. Para ello es necesario un clima de silencio. Además del texto evangélico propuesto en la hoja del catequizado, también propondremos una posible meditación breve que dará la posibilidad de ampliar esta oración. Sería ideal poder llevarla a cabo en la capilla o en algún sitio especial. También puede hacerse esta parte con independencia del resto: en este caso supondría una oración sobre la vocación sacerdotal.

5ª Parte. “Y ahora, ¿tú que dices?.

Después del silencio de la oración, ahora es el momento de poner en común la experiencia de Dios que todos podáis haber tenido. Pero para que la oración no se quede desvinculada del resto de la vida, es conveniente poner un pequeño propósito o compromiso que sea expresión de un mayor seguimiento de Cristo y así se vaya cumpliendo aquello de “Extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras…”.

SERÁS PESCADOR DE HOMBRES

La primera parte de la catequesis consiste en una parte introductoria en la que tiene mucho interés que sean los chavales

mismos los que hablen y expresen sus opiniones.

El cuadro es de Bartolomé Esteban Murillo, de mediados del Siglo XVII y se llama “Pedro liberado por un Ángel”. Es muy importante que sean los chicos quienes descubran quién es el personaje del cuadro y, en la medida de lo posible, que sean también ellos los que descubran a que pasaje del Nuevo Testamento hace referencia.

Se puede explicar que el cuadro es muy oscuro debido a que era de noche. El protagonista está dormido y en la escena irrumpe un ángel que es el que da la luminosidad a toda la escena. El personaje está encarcelado pues, aunque puede que no se vea muy bien, se encuentra atado por los pies por unas cadenas. El ángel, por su posición, parece que está “aterrizando” en ese mismo momento y está como caído del cielo, lugar de donde viene la luz. El personaje lo contempla perplejo mientras el ángel le toca el costado. Toda la descripción obedece a lo plasmado en el cuadro que, a su vez, es fiel reflejo del texto evangélico (Hch 12,1-17).

Se trata de dar toda clase de pistas para que los catequizados vean que es Pedro nuestro protagonista. Una vez conseguido y determinado qué pasaje bíblico es, antes de pasar a las dos últimas preguntas, es muy conveniente leer el texto (Hch 12,1-17) y comentarlo un poco.

Una vez leído se puede contestar la penúltima pregunta que dice: “¿Quién libra a nuestro personaje de las cadenas?…” . Es muy importante que ellos hablen; pero es fundamental que el catequista dé la respuesta acertada. En este caso la da la misma Escritura en el versículo 11 de nuestro texto: “Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel…”. El ángel es sólo un enviado. De hecho, la palabra ángel viene del griego y significa eso mismo, enviado. El único que salva es el Señor. Es muy conveniente subrayar este dato. Es el Señor Jesucristo quien libera a Pedro; y le libera porque le ama y le quiere para extender su nombre por el mundo entero, como de hecho luego hace Pedro, que nada más salir dice (Hch 12,17): “Haciendo señal con la mano de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel y añadió: Contad esto a Santiago y a los hermanos”.

Respecto a la última pregunta, es bueno dedicarle un buen rato, evitando generalidades. Se trata de que salgan a relucir no sólo las cadenas que pueden atar al mundo (pobreza, abusos…) sino, sobre todo, cadenas que nos atan a cada uno: La pereza, el egoísmo y la falta de generosidad, los enfrentamientos constantes con los padres, la juerga desenfrenada del fin de semana… Es muy importante que se den cuenta de que no sólo es el mundo el que tiene ataduras; si no que cada uno de nosotros también la tenemos.

TE PRESENTO A PEDRO

Ahora se trata de conocer la figura de San Pedro en continuación con lo que veníamos tratando anteriormente. Para ello se trata de que los chicos digan todas las cosas de las que se acuerden acerca de la figura de Pedro. Por ejemplo:

A que se dedicaba antes de conocer a Jesús.

Pedro era pescador en el mar de Galilea. Es probable que él, como nosotros, también estuviera atado a un montón de perezas, egoísmos, sensualidades… Sin embargo, algo ocurrirá que hará dar a su vida un giro de 180 grados, liberándose de las cadenas del pecado para juntarse al amor de Cristo hasta sufrir persecución por él. Pedro, probablemente, tendría un pequeño negocio, quizás familiar, porque se dice en el Nuevo Testamento que tenía socios, lo cual indica que trabajaba asociado con otros más.

La vida del pescador galileo no es fácil, pero tampoco era el peor de los trabajos. Cada día la pesca daba lo necesario para ese mismo día. Un día sin pescar podía suponer un día sin comer, aunque por lo general no pasaba. Así, sumergido en el día a día, transcurría la vida de Pedro. Por lo que podemos leer de él en el evangelio, seguro que se trataba de un hombre enérgico, poderoso, pronto a la cólera pero también capaz de enardecerse en empresas nobles. Por eso será elegido por el Señor como líder de los suyos, por su capacidad de decidir, de arrastrar, de amar.

Cómo y cuando es elegido por el Jesucristo.

El texto está en las hojas de los chavales (Mt 4,18-22). Es un momento clave en la vida de Pedro. Pedro y Andrés, hermanos, estaban en plena faena. Jesús, en ese momento, pasa al lado de ellos, y les llama a su seguimiento. Mil excusas podían haber alegado para no seguirle. Sin embargo, con el silencio más absoluto y la decisión más pronta, le siguen enseguida. Así llama Jesús: Llama cuando uno está metido de lleno en sus cosas habituales pero no tiene el oído cerrado a lo que Dios pueda decirle. Llama cuando uno quiere escuchar. Pero ello no suele ser en un arrobamiento místico ni en una visión especial; sino en la oración cotidiana de cada día; en el día a día.

Jesús puede llamar para cualquier estado de la vida cristiana, todos ellos igual de santos y buenos: Matrimonio, vida consagrada, sacerdocio… A Pedro le llamará a su seguimiento como Apóstol, como presbítero. Le llama para ser pescador de hombres. A esto están llamados todos los cristianos. Luego, una vez resucitado, Cristo se lo aclarará aún más: Te llamo para que me ames (Jn 21,15-19) y apacientes a mis corderos, para que te dejes llevar donde no quieres, para que guíes a mi Iglesia. Por eso la vocación de Pedro es enteramente sacerdotal.

¿Es definitivo el cambio?; ¿hubo un progreso por parte de Pedro en el conocimiento y amor a Jesús?. Evidentemente sí. Desde el primer relato de vocación (Mc 16-20) hasta el segundo relato (Jn 21,15 ss) la vida de Pedro cambia sustancialmente. Durante todo ese periodo manifestará muchas veces su profundo amor por Jesús, pero también meterá la pata en numerosas ocasiones. Por eso será reprendido por Jesús (Mt 16,23), se declarará dispuesto a morir por su maestro (Mt 26,33) y luego se quedará dormido en el huerto (Lc 22, 46) y le negará tres veces (Mt 26,69ss)… Entre todos estos avatares, es indudable que el salto final hacia el amor de Cristo será el encuentro final con el resucitado, que luego comentaremos para la oración final.

La cuestión ahora es si Jesús, como llamó entonces, sigue llamando hoy.

Pedro fue elegido por Cristo para ser de los suyos. ¿Continúa hoy llamando a alguien?. Es muy probable que a los chicos esto les parezca posible pero no para ellos… Jesús llamaba en su vida terrena, ¿Continúa llamando después de resucitado?. Para poder dar una respuesta a esto es muy importante tener conciencia de qué es y qué significa la palabra vocación y, en nuestro tema más concretamente, vocación sacerdotal.

PEDRO ES UN TESTIGO DEL AMOR DE DIOS Y QUIERE LLEVARE HASTA ÉL

Lo que se ofrece en la página para entregar a los chavales es un excelente resumen de lo que supone la parte doctrinal y más importante de esta catequesis.

El hombre, como se dice en el Génesis, es un ser creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Ello supone que el hombre está dotado de cuerpo, como es evidente, pero también de un alma espiritual e inmortal. Eso le hace ser una criatura totalmente distinta al resto de las criaturas que hay sobre la faz de la tierra. Por eso, el Concilio Vaticano II, en el documento Gaudium et Spes dice que la persona humana es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3). El hombre, por tanto, ha sido amado por Dios y la vocación es expresión de ese amor que busca la plenitud del hombre, ser material y a la vez espiritual.

Sin embargo, sería absurdo que Dios amara y llamara al hombre y que éste no pudiera escucharle. Por eso podemos decir que, “de todas las criaturas visibles sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su creador (…) sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad. ¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y tedejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13)” (C.E.C. 356). El hombre está originalmente llamado a la comunión con Dios, y eso es una realidad absolutamente maravillosa. La línea de comunicación entre Dios y el hombre está abierta en ambas direcciones. Dios que ama al hombre y el hombre que se deja amar por Dios.

En este contexto podemos entender bien lo que significa la palabra vocación, que es sinónimo de llamada. Gracias a esa línea abierta que existe entre Dios y el hombre es posible que Dios nos llame. La primera y más originaria llamada es la de la vida divina y que ya se ha expresado: El que el hombre esté llamado a participar de las delicias de Dios, de la vida eterna. Pero eso tiene que concretarse de alguna manera.

En el texto de los chicos/as se pregunta una cosa que tiene sentido explicarla ahora. Se pregunta en qué cosas se parece la relación entre las personas y la relación entre Dios y el hombre. El asunto es que la relación con Dios es también una relación entre personas porque, no se nos olvide, Dios es un ser personal. En efecto, a veces pensamos que con Dios todo es distinto (en cierto sentido si lo es) y con una especie de sentimiento de amor universal y no concreto nos conformamos. Sin embargo, en nuestro interior sabemos que eso no basta, como no bastaría querer a una persona (a tus padres, o a tu novia/o…) a base de un amor general sin elementos concretos. Uno quiere mucho a una persona cuando así lo manifiesta, porque obras son amores y no buenas razones. Por eso, en nuestra relación con Dios, el amor que podemos decir que le profesamos tiene que tomar una forma concreta. Y eso es la vocación. Dios te pide que le ames a él, y que le ames como persona casada… o como sacerdote. Así se lo pidió a Pedro y así se lo pide a mucha gente hoy. Chicos jóvenes y menos jóvenes siguen sintiendo la llamada de amor de Cristo resucitado para su seguimiento en el sacerdocio. Y eso se puede comprobar físicamente saliendo de nuestras cosas y asomando la cabeza al resto de la parroquia o grupo, al resto de la Iglesia y, más concretamente, al Seminario, donde puedes ver la realidad de esta llamada de Amor que sigue viva.

La vocación, por tanto, es como un noviazgo; como una relación profunda con Dios. En el caso del Apóstol Pedro, su vocación se concretó de forma sacerdotal. Acerca del sacerdocio ya hablaremos en el apartado siguiente; simplemente añadiremos que, con todo lo dicho, y a la luz de la vida de Pedro, el sacerdote, según el actuar del Apóstol, es un hombre enamorado. Es precisamente su amor lo que le anima a seguir día a día, a crecer, como Pedro, en el amor de Dios y en la propia vocación, puesto que igual que se crece en el amor hacia las personas que más quieres, así ocurre con Dios mismo. Es la relación más maravillosa que pueda existir, porque sólo el Amor llena el corazón humano y hace vivir cada día en la maravilla de ser hijo de Dios… ¿Estás tú dispuesto a comenzar esta relación con Dios?.

PARA QUE LE CONOZCAS Y GOCES DE SU AMISTAD

Para el comentario al texto de la Escritura propuesto vamos a seguir la meditación V del libro “Servidores de vuestra alegría” de Joseph Ratzinger, HERDER: Actualmente no se vende, pero puede encontrarse en algunas bibliotecas (Biblioteca del Seminario Conciliar de Madrid. C/ San Buenaventura 9). La oración se puede desarrollar mediante la lectura del texto bíblico que ahora presentamos (Jn 21, 1-19) (resumido en la hoja del catequizado) con el comentario que presentamos, o uno personal, o, directamente, sin él; para dar paso, finalmente, a un tiempo de silencio. El texto, que es precioso, es el siguiente:

“Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: « Voy a pescar. » Le contestan ellos: « También nosotros vamos contigo. » Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Les dice Jesús: « Muchachos, ¿no tenéis pescado? » Le contestaron: «No. » Él les dijo: « Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. » La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro:
« Es el Señor », se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Les dice Jesús: « Traed algunos de los peces que acabáis de pescar. » Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: « Venid y comed. » Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: « ¿Quién eres tú? », sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: « Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? » Le dice él: « Sí, Señor, tú sabes que te quiero. » Le dice Jesús: « Apacienta mis corderos. » Vuelve a decirle por segunda vez: « Simón de Juan, ¿me amas? » Le dice él: « Sí, Señor, tú sabes que te quiero. » Le dice Jesús: « Apacienta mis ovejas. » Le dice por tercera vez: « Simón de Juan, ¿me quieres? » Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: « ¿Me quieres? » y le dijo: « Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. » Le dice Jesús: « Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. » Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: « Sígueme. »

Pedro, siempre líder y primero entre los Apóstoles, decide ir a pescar. Y unos cuantos toman la misma determinación; de modo que un pequeño grupo de Apóstoles se dirigen a hacer esa pesca en la que tendrá lugar uno de los encuentros más maravilloso de sus vidas.

Una vez echados a la mar, descubren que hay un desconocido en al orilla. Aquel discípulo a quien Jesús tanto amaba lo reconoce: “es el Señor”. Pedro se levanta de un salto, se ciñe la túnica y se echa al agua, para ir así mas rápidamente a su encuentro. El primer presupuesto es, pues, que quien quiera ser testigo de Jesucristo tiene que haberlo visto personalmente, tiene que conocerlo y reconocerlo. Y, ¿cómo ocurre esto?. Ocurre, nos dice el evangelio, porque el amor lo reconoce. Jesús está en la orilla; al principio no lo reconocemos, pero le oímos a través de la voz de la Iglesia. Es él. Ahora nos toca ponernos en pie, ir a buscarlo, acercarnos a él. En la escucha e la Escritura, en el trato y frecuencia de los sacramentos, en el encuentro con él en la oración personal, en el encuentro con aquellos cuya vida está henchida de amor a Jesús, en las diferentes experiencias de nuestra vida y de múltiples maneras nos encontramos con él, él nos busca y así aprendemos a conocerlo.

El testigo, pues, debe ser algo antes de hacer algo. Debe ser amigo de Jesús para no transmitir sólo conocimientos de segunda mano, sino para ser testigo verdadero.

Pero ahora surge la pregunta: ¿Qué debe hacer el testigo? El evangelio nos da tres respuestas que, en el fondo, se reducen a una. Antes de confiar a Pedro la misión de pastor, Jesús le pregunta: ¿Me amas? Debe amar a Jesús. A continuación se le encomienda: Apacienta mis corderos. Debe desempeñar las tareas propias del pastor. Y finalmente le dice: Antes elegías tú el camino. Pero ahora lo elige otro por ti y te lleva por él. Ya no es tu voluntad la que establece tu senda, sino la voluntad de otro. Debe ir en pos de otro. El seguimiento forma parte del servicio del discípulo; este servicio es un camino.

Amar, apacentar, seguir: con estos tres verbos describe el evangelio la esencia del apostolado y, por ende, del servicio sacerdotal.

Apacentar. Apacentar es sinónimo de ser pescador de hombres. Antes pescaban peces, ahora pescarán hombres. San Jerónimo dice, poco más o menos, a este respecto lo siguiente: Cuando se saca un pez del agua significa que ha perdido su elemento vital. Ya no puede respirar y, por tanto, muere. Pero a los hombres nos acontece en el bautismo, cuando nos hacemos cristianos, exactamente todo lo contrario: hasta entonces estábamos encerrados en las aguas saladas del mundo. No podíamos ver la luz, la luz de Dios. Tampoco podíamos contemplar la anchura del universo. Nuestro rostro se hallaba rodeado por la oscuridad del agua, vuelto hacia abajo, y nuestra vida estaba hundida en el mundo muerto del agua salada. Pero cuando, con el bautismo, fuimos sacados de aquel lugar, entonces comenzamos a ver la luz, entonces empezamos a vivir verdaderamente.

¿Qué significa, por tanto, “pescar hombres”?. Significa llevarlos al aire libre, a los amplios espacios de Dios, al elemento vital que les ha sido asignado. Cierto que cuando alguien se ve arrancado de sus hábitos y costumbres, al principio siempre se revuelve. Quien está acostumbrado al mar, piensa en un primer momento que, cuando le sacan a la luz, le arrebatan la vida. Está enamorado de las tinieblas. Por eso, ser pescadores de hombres dista mucho de ser una empresa cómoda, pero es lo más grandioso y humanamente lo más bello que puede darse. Se registran, sin duda, muchas salidas en vano al mar. Pero aun así, sigue siendo una maravillosa tarea acompañar a los hombres por el camino que lleva a la luz, a los amplios espacios, enseñarles a conocer la luz y la infinitud de Dios.

Así como Pedro es llamado a ser pescador de hombres, también tú puedes ser llamado. Pero aún falta un elemento más para la comprensión y meditación de la vida de Apóstol. Dice el texto evangélico: “extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieres (Jn 21,18). Hay aquí, probablemente, una alusión a la muerte en cruz que Pedro habría de sufrir en el seguimiento de Jesús: entonces extendería las manos y se las atarían. Pedro tiene que renunciar a su propia voluntad, ya no es él quien toma las decisiones. Es otro el que le ciñe.

A propósito de este relato, me viene siempre a la memoria un pequeño gesto ritual que pertenecía al antiguo rito del orden sacerdotal. Tras la unción, se le atan las manos al ordenado y así atadas toma el cáliz, de modo que ellas, y a una con ellas todo el propio ser, parecen como sujetas al cáliz. Esto me trae el recuerdo de la pregunta e Jesús al os hermanos Santiago y Juan: ¿Podréis beber el cáliz que yo he de beber? (Mc 10,38).

El cáliz eucarístico, centro de la vida sacerdotal, reaviva siempre el recuerdo de esta sentencia. Y luego las manos atadas, ungidas con el óleo mesiánico, el crisma. Las manos son expresión de nuestra personal capacidad de decisión, de nuestro poder. Las manos atadas son expresión de impotencia, de renuncia al poder. Nuestras manos se ponen en las manos de él, se colocan sobre el cáliz. Podría decirse que aquí se muestra sencilla y claramente que la eucaristía es el centro de la vida sacerdotal. La eucaristía es el centro de la vida sacerdotal. La eucaristía es siempre algo más que una ceremonia, que liturgia. Es una forma de vida. Tengo las manos atadas: ya no me pertenezco a mí mismo. Le pertenezco a él y, por él, a los demás. El seguimiento es disposición a ser atado, es ánimo pronto para lo definitivo, del mismo modo que él se ha atado y unido definitivamente a nosotros. Ahora bien, las manos atadas son en realidad manos abiertas, manos extendidas, como dice el evangelio. El valor para la atadura definitiva, para el sí total, esto es el seguimiento. Sólo en virtud de este sí total recorremos el camino. Y sólo el camino entero es camino verdadero, porque la verdad y el amor no consienten la división en partes.

Pidamos al Señor que nos permita comprender cada vez más profundamente el misterio del seguimiento. Roguémosle que nos otorgue el valor de descender de la barca de nuestras seguridades y cautelas terrenas para atrevernos a caminar sobre las aguas. Supliquémosle que, en el momento oportuno, extienda sus manos hacia nosotros, nos tome de la mano y suba a nuestra barca. Démosle gracias porque nos hallado para estar en su presencia y a su servicio. Amén.