Delegación de Pastoral Vocacional de Madrid
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Zaqueo: Lo recibió muy alegre en su casa

ZAQUEO
“Lo recibió muy alegre en su casa”

1-Punto de partida:

Te propongo para comenzar una actividad curiosa: ¿te acuerdas cómo fue la primera vez que conociste a tu mejor amigo o amiga? Intenta recordar cuándo, dónde, qué sucedió, que pensaste de él, qué sentiste…

Por si te ha costado, te propongo esta situación imaginaria: seguro que hay alguien a quien te gustaría conocer bien porque es tu ídolo, bien porque le admiras mucho o has oído hablar de él. ¿Qué pasaría si un día se encontrara contigo y te dijera que quiere alojarse en tu casa? ¿Qué sentirías? ¿qué harías?.

2-Te presento a… Zaqueo:

Algo parecido a lo que seguramente has sentido le sucedió a Zaqueo.Zaqueo era de Jericó, una ciudad importante y era el jefe de los recaudadores de impuestos del distrito por lo que se había enriquecido mucho y era visto mal por sus conciudadanos. Se enteró de que bajaba Jesús de Nazaret a su ciudad. Había oído hablar de él y quería conocerle. Lo que pasó nos lo cuenta el evangelista Lucas en Lc 19, 1-10:

Jesús atravesaba la ciudad de Jericó. Había en la ciudad un hombre llamado Zaqueo, jefe de publícanos y rico, que quería conocer a Jesús. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío. Así que echó a correr hacia delante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo:

-Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban y decían:

-Se ha alojado en casa de un pecador.

Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo:

-Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y si engañé a alguno le daré cuatro veces más.

Jesús le dijo:

-Hoy la salvación ha venido a esta casa., porque también éste es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido.

Dialogamos sobre el texto:

  • ¿Qué te parece el texto?
  • Comenta la actitud de Zaqueo.
  • Comenta la actitud de Jesús.
  • Comenta la actitud de las demás personas.

3- Es un testigo del amor de Dios y quiere llevarte hasta él:

Ya habéis visto todo lo que se escondió en aquel encuentro tan fantástico. De Zaqueo nunca más se supo ni en el Evangelio ni en la Tradición. Pero estamos seguros de algo: nunca se olvidaría de lo que experimentó en aquel día. Por primera vez, en su vida había encontrado alguien que, ante su pecado, no experimentaba horror ni desprecio, sino una infinita ternura y un deseo enorme de sanar sus heridas internas, en lugar de condenarlas; alguien, que le ofrecía una nueva vida, la Vida.

Zaqueo tenía sed de felicidad, de plenitud, se sentía vacío, hasta aquel día en que se había encontrado con Jesús. Y lo que le pasó a Zaqueo nos pasa a todos. Todos buscamos ser felices y a veces lo hacemos por caminos equivocados. Buscamos que el dinero, el poder, las salidas del fin de semana… nos den la felicidad, pero, en el fondo, como Zaqueo nos seguimos sintiendo vacíos. Nos sentimos llamados a ser felices, pero ¿dónde está la respuesta?

La respuesta nos la da Zaqueo: Jesucristo es el Camino, la Verdad, la Vida. Jesús salió a su encuentro, fue hacia él, le miró y le eligió para hospedarse en su casa. ¿Le eligió porque le conocía? Parece que no, ¿porque era alguien con mucho mérito? Pues tampoco, más bien a la gente le parecía lo contrario. Jesús, elige a Zaqueo porque lo ama, sin más, sin pedirle nada a cambio. Jesús le muestra a Zaqueo que Dios le ama infinitamente y por eso le perdona y le da la posibilidad de emprender una nueva vida. Espero que a ti esto no te suene a chino; deseo que tú también hayas experimentado que Jesús ha pasado por tu vida y que te ha amado hasta la locura, hasta dar la vida por ti (tú también estabas en su corazón cuando él colgaba de la cruz y cuando resucitó). Ojalá hayas vivido esto: que es seguir a Jesús lo que da la felicidad para la que estamos hechos. Si no, búscale pacientemente, súbete al árbol, aunque hagas el ridículo a los ojos de los demás que piensan que eso de creer en este siglo es algo de tontos o de locos; súbete al árbol, abre bien los ojos de tu mente y de tu corazón y verás a Jesús venir hacia ti a proponerte que te vayas con él. Y no tengas miedo, te juegas la felicidad.

Pero, Zaqueo se encuentra que tiene que corresponder a ese amor. Zaqueo decide dar casi todos sus bienes a los pobres y restituir lo que había engañado. En realidad, es para él un cambio total de vida, prácticamente supone dejarlo todo por amor a aquel hombre que llama ahora, Señor. Zaqueo cree en Jesús y le sigue. No sabemos si se fue con Jesús y sus discípulos camino de Jerusalén, pero lo que sí decimos con certeza es que cumplió su promesa. Y con esto, Zaqueo se convirtió seguramente en un testigo de Jesucristo. Sus conciudadanos pudieron ver con sus ojos el cambio. Ya no sería el hombre entristecido, encerrado en sus preocupaciones y fugitivo de todas las miradas. No, ahora estaba alegre y cuando repartiese su dinero a los pobres y pagase a los defraudados les contaría el porqué, narraría lo que le había pasado con ese hombre y les contaría que Él es el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios.

Del amor de Dios para con Zaqueo nace, pues, una respuesta, una misión, un camino. Dios mismo le había dado la respuesta a la llamada que le hacía desde dentro a la plenitud: el camino de la Vida estaba en seguir a Jesús y él lo hizo de un modo concreto: repartiendo sus bienes y, seguramente, ejerciendo su oficio, ahora de manera intachable.

Zaqueo subido al árbol

Y me podrás preguntar ahora: ¿y esto que tiene que ver conmigo? Te contestaré: igual que Zaqueo, te he mostrado que tenemos una llamada a la plenitud que sólo podemos responder plenamente si seguimos a Jesús, si nos unimos a Él de una manera profunda, si, de alguna manera, lo amamos. Esta llamada, que como espero que hayas observado, es todo un plan de Dios para recuperar y hacer feliz a Zaqueo; también se te ha dirigido a ti. Es decir, Dios ha soñado para ti desde toda la eternidad un proyecto concreto que, en lo fundamental, se parece al de Zaqueo, ya que quiere que sigas a Jesús con toda tus fuerzas y todo tu corazón. Pero, en cambio, para ti Dios tiene pensado un camino concreto que has de descubrir. El de Zaqueo, ya te lo he dicho ¿cuál será el tuyo?

Ahora te preguntarás, ¿qué caminos tengo? ¿dónde los encuentro? Estos caminos están en donde puedes encontrarte con Jesús, en la Iglesia, y son los que Jesús le ha entregado a ella. Pregunta a tu catequista que te los dirá. Como toda llamada, como toda invitación, tú puedes decir que “sí” o que “no”. Dios te da libertad para que elijas, pero, cuidado, te juegas tu felicidad y la de mucha gente si por miedo, capricho… rechazas la llamada a un camino concreto que Dios te hace, un Dios que desea lo mejor para ti. De ti depende..
No te asustes, Dios va a estar contigo y si le dejas hablar, él te dirá lo que quiere de ti. Para oír su voz, el lugar principal es la oración. En ella tú y Dios dialogáis y si le escuchas, verás cómo te indica la senda. Te doy algunos textos para que puedas rezar con ellos:
  • Textos bíblicos: Mc 3, 13-19; Mt 10, 1; Mc 1, 20; Gn 12, 1; Jer 1, 5-10; Hch 22, 4-21.
  • “Ser totalmente de Dios, entregarse a Él y a su servicio por amor, he ahí la vocación no sólo de algunos elegidos, sino de todo cristiano, consagrado o no, hombre o mujer. Cada uno está llamado al seguimiento de Cristo. Y cuanto más avanza uno por este camino tanto más semejante a Cristo será. Y ya que Cristo personifica el ideal de la perfección (…), sus seguidores fieles son elevados cada vez más sobre los límites de la naturaleza”. (Edith Stein).
  • “Formulad al divino Maestro, con seriedad y disponibilidad sincera, la pregunta: ¿Qué quieres que haga? ¿qué proyectos tienes para mí? ¿de qué modo puedo responder a lo que la Iglesia me pide? El Señor no os dejará sin respuesta en lo profundo de vuestro corazón; lo hará en el momento propicio y providencial”.
  • “¡Escuchad la voz de Cristo! Cada uno de vosotros ha recibido de Él una llamada. Cada uno de vosotros tiene un nombre que sólo Él conoce. La juventud es la edad en la que se busca la propia identidad para proyectar el futuro. Dejaos guiar por Cristo en la búsqueda de lo que puede ayudar a realizaros plenamente”.

(Orar. Juan Pablo II).

 

 

 

 

 

¿Qué tal? ¿Has escuchado al Maestro? No te preocupes si Jesús no te lo ha dicho todavía, basta que estés atento como Zaqueo, subido al árbol. La llamada no se descubre de la noche a la mañana, hay que ser paciente y esperar, estáte seguro de que Él hablará. Por cierto, para que no quede esto en una catequesis sin más que al minuto me olvido, estaría bien que de lo dicho en el tema o de tu oración sacases algún compromiso concreto. No lo dejes pasar, si no tienes esto en cuenta, puede que Jesús pase por tu lado y no le veas. Sé que no lo harás, sé que cuando Él te llame y te haga ver su plan, como Zaqueo, “lo recibirás muy alegre en tu casa”.

ZAQUEO

GUÍA DEL CATEQUISTA

1-Punto de partida:

En este punto tratamos de que todos podamos identificarnos personalmente con nuestro personaje, Zaqueo; en cierta manera, que cada uno quede afectado y se despierte el interés por la figura.

Para este inicio propongo dos actividades:

  1. Traer a la memoria cómo conocimos por primera vez a nuestro mejor amigo o amiga, novio, novia… (depende de la situación del grupo). Recordar el lugar, el día, qué sucedió y, sobre todo, cuáles fueron los sentimientos que tuvimos, qué se nos pasó por la cabeza…
  2. Imaginar que tenemos la oportunidad de acoger en nuestra casa a nuestro ídolo o a alguien a quien admiramos mucho, o un simple famoso. Es bueno incidir en los sentimientos, palabras, acciones… que se producirían en cada uno.

2-Te presento a… Zaqueo:

Tratamos aquí de conectar la experiencia que cada uno ha tenido o imaginado con la experiencia de nuestro personaje. Veremos, por tanto, cómo en la vida de Zaqueo irrumpe Jesús, es llevado a una vida nueva y se provoca una misión o compromiso.

En este momento hay que tener en cuenta el texto evangélico que narra el encuentro de Jesús con Zaqueo. El texto (que aparece completo en la ficha de los catecúmenos) se encuentra en Lc 19, 1-10.

Antes de la lectura es preciso situar el texto: Jesús, en su camino a Jerusalén, entra en Jericó. Jericó es una importante ciudad situada en una principal ruta comercial, por tanto, era una ciudad con bastante trasiego de gente. A esto se añadía la noticia de que iba a pasar por allí aquel predicador del que se había oído hablar tanto y que hacía prodigios maravillosos. Existía, por tanto, cierta expectación.

Las ciudades ocupadas por el Imperio Romano tenían un inteligente sistema de administración. Dividían sus territorios en regiones impositivas que entregaban en arriendo a habitantes de la zona. Pagando un canon anual, algunos se convertían en recaudadores de impuestos y todo lo que recaudaban por encima de la cantidad prescrita por los romanos era su beneficio neto. Así, en lugar de tratar con poblaciones hostiles, los romanos se las entendían con unos voluntarios que realizaban la ingrata tarea de recaudar impuestos. Por lo demás, el sistema era eficaz, porque los romanos podían estar seguros de que los recaudadores sacarían hasta el último céntimo, se jugaban sus beneficios.

Zaqueo era jefe de los recaudadores del distrito. Su cargo era todavía más inmoral, pues con él se quedaba lamayor parte de lo recaudado . Era, considerado un traidor, pues colabora con los ocupantes y además se enriquece a costa de ellos, le odian.

Una vez situado el texto, se lee con los catecúmenos y se responde a las preguntas:

  1. ¿Qué te parece el texto? ¿qué te ha llamado más la atención?
  2. Comenta la actitud de Zaqueo.
  3. Comenta la actitud de Jesús.
  4. Comenta la actitud de la muchedumbre.

Y ahora nos fijamos en cada personaje para sacarle todo el partido al texto. Esto no lo tienen los catecúmenos en sus fichas, por lo que hay que sacar a relucir todas las ideas posibles, para eso quizá habrá que provocar un poco algunas contestaciones.

  • Como se puede suponer, Zaqueo no está contento con su vida, algo no marchaba y quería cambiar; tenía un malestar muy profundo. Sabía quién era: un hombre tan ávido de ganancias que, si hacía falta, no dudaba en ser cruel. Deseaba ver a quien de tanto se hablaba; luego, si juzgaba que podía abordar a Jesús, intentaría tener una conversación con él. Y, finalmente, si todo iba bien, quizá tuviera el valor de discutir con aquel hombre su íntimo malestar.
    Y he aquí que se le plantea el primer problema a Zaqueo, que al ser bajo de estatura, no podía verle debido a la muchedumbre que se agolpaba a la puerta de la ciudad esperando a aquel personaje famoso que hacía unos días había curado al ciego Bartimeo, devolviéndole la vista (Lc 18, 35-43). Y, olvidándose del respeto, sabiendo que se iban a burlar de él, se arriesgó, corrió, se subió a un sicómoro (árbol parecido a la higuera) y allí esperó.
    Y, una vez en el árbol, empezó lo inesperado. Apareció Jesús y se fijó en él; llamó a Zaqueo por su nombre, como si de un viejo amigo se tratase y se invitó a sí mismo a casa del publicano. La sorpresa de Zaqueo y de todos fue inmensa: ¿cómo sabía su nombre este predicador? ¿por qué esta familiaridad en darse por invitado a su casa? El hecho escandalizó a muchos: ¿cómo se atrevía a hospedarse en casa de un pecador público? Zaqueo, en cambio, nervioso y halagado al mismo tiempo, bajó del sicómoro sin esperar un segundo y corrió a prepararlo todo. Le invadía una gran alegría, una alegría que no había experimentado nunca.

Fue en el camino donde nuestro personaje comprobó que aquel rabino era realmente un maestro, no le ha sermoneado sino que le muestra un amor sin límites. Hacía años que Zaqueo no experimentaba nada parecido, no más condena ni agobio, sólo amor. Es una experiencia tan extraordinaria que algo tiene que suceder… y se produce la transformación: “Doy, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo engañé a alguno le daré cuatro veces más”. Estas palabras de Zaqueo brotan con una potencia extraordinaria. No eran palabras ordinarias, era un juramento pronunciado en presencia de Dios. Zaqueo ha roto con el lastre que le impedía ser feliz. Su ofrecimiento es ciertamente generoso: la mitad de sus bienes a los pobres, a aquéllos que tenía que perseguir para cobrarles y ponían en riesgo su posición; y del resto, decide restituir cuatro veces más a los que había engañado (esto era lo que determinaba la ley romana para el culpable de robo). Zaqueo, por tanto, se queda prácticamente sin nada, lo da todo, y si no todo, ha colocado en el centro de su vida a aquel hombre que tiene palabras de vida eterna.

  • Jesús se fija en Zaqueo, sus ojos eligieron a aquel pequeño. Debía ser extraña la figura de aquel hombre subido como un chiquillo sobre un árbol. Jesús preguntaría quién sería y alguien le explicó que era un famoso ricachón que exprimía a todos para revertir luego en las arcas romanas. A Jesús no le fue difícil adivinar qué gran corazón se escondía tras aquel cuerpecillo ridículo. Le llama por su nombre y se invita a sí mismo a la casa de aquel publicano. Jesús ha tomado la iniciativa y va hacia Zaqueo con todo el amor del que es capaz.
    Ante el ofrecimiento posterior de Zaqueo, Jesús sonríe y acepta. Dice que ha venido la salvación a aquel hijo de Abraham; no se fija en que aún es imperfecto. Zaqueo debe aprender mucho pero será el Señor quien le irá instruyendo y llevará a buen término lo que ha empezado.
  • La gente se escandalizó de la actitud de Jesús. Muchos murmuraban de que hubiera entrado en casa de un hombre pecador. Zaqueo era un traidor, un enemigo del pueblo, y, por tanto, enemigo de Dios. ¿Es que no había en Jericó un centenar de casas limpias que hubiera podido escoger Jesús en lugar de la de ese impuro?
    De nuevo Jesús plantea un reto a sus contemporáneos que creían que lo perdido está perdido para siempre. ¡Se vuelve a colocar a los pecadores por delante en el Reino de los cielos!

3- Es un testigo del amor de Dios y quiere llevarte hasta él:

Ahora, una vez dialogadas las preguntas, es necesario ver qué nos quiere mostrar de una manera especial nuestro personaje. Ciertamente, Zaqueo, no vuelve a aparecer en el evangelio, no sabemos qué fue de él, pero podemos intuir con seguridad que cumpliría su promesa y se convertiría en testigo de Jesucristo para sus paisanos.

Su vida nueva estaría fundada en aquel encuentro que le había devuelto la alegría, la libertad y la felicidad perdidas y, además, le había mostrado el camino de una plenitud que nunca antes había experimentado. Zaqueo testimoniará a todos con sus palabras y con su propia vida, que aquel hombre concreto, Jesús de Nazaret, es el Hijo de Dios y el Salvador de todos los hombres. Es esta perspectiva la que queremos profundizar en este momento.

Debemos de mostrar el paralelismo entre la vida de Zaqueo y la vida de cada uno. Como Zaqueo, cada uno busca ardientemente una vida en plenitud, un deseo hondo de felicidad. En realidad, experimentamos una llamada a la Vida, una llamada común para todos los seres humanos, de cualquier raza, cultura o religión; una llamada a la verdad, al bien, a la belleza, al amor. Esta llamada, conocemos como cristianos que no es una tendencia, una apetencia, un gusto, es decir, algo que nosotros creamos, sino que es algo que llevamos escrito en lo más profundo de nuestro ser y es una llamada que nos hace Dios, que nos ha creado y nos habita. Como nos dice S. Ireneo de Lyon, obispo del siglo II: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Aquí encontramos la primera dimensión de lo que llamamos vocación, que no es sino una llamada. Esta primera dimensión, no se menciona en la ficha del catecúmeno pero sería muy recomendable descubrírsela para que se compruebe que la vocación cristiana no es un añadido a la vocación fundamental humana a la plenitud y a la felicidad.

Esta primera dimensión no la mencionamos de modo gratuito sino que, en el fondo, se basa en lo que nuestro personaje nos revela: una infelicidad por la vida que llevaba y el deseo de una plenitud, que le lleva a subirse ridículamente a un árbol para ver pasar a Jesús de quien había oído decir que perdonaba a la gente y los devolvía la alegría.

Pero, además, y siguiendo el encuentro de Zaqueo con Cristo, se nos muestra cómo Dios se adelanta con su amor gratuito para responder a esta sed del hombre, a su vocación. Como toda llamada es hecha por otro, en este caso, es Dios quien llama y toma la iniciativa de una manera concreta. Nos llama a la plenitud y nos da la respuesta, el camino para alcanzarla: Jesucristo. Zaqueo quería ser verdaderamente un hombre libre, bueno y pleno, pero, antes de que se dé cuenta, Jesús se le acerca, se fija en él y le regala esta felicidad. Y se lo regala sin pedirle nada a cambio, ni porque se lo merezca, sino que Jesús lo da por puro amor gratuito. En Zaqueo está la figura de todo ser humano, por lo que se nos pone de manifiesto que la vocación de todos es la llamada a ser de Cristo, a creer en él. La vocación cristiana es, por tanto, la verdadera vocación de todo hombre. El mismo amor que nos ha llamado a la vida, nos ha amado hasta el extremo en Cristo y a través Cristo y nos ha salvado ¡gratuitamente!.

Pero, igual que Zaqueo respondió al amor de Jesús llamándole “Señor” y dando casi todos sus bienes a los demás, también a cada uno, que somos amados infinitamente por Dios, se nos reclama una respuesta. Podemos decir “sí” o “no”, podemos dejar pasar de largo a Jesús por nuestra vida o podemos acogerle con alegría en nuestra casa. Si a Zaqueo le cambió la vida, y a tantos hombres y mujeres de todos los tiempos que contestaron lo mismo, esto quiere decirnos que nuestra respuesta pasa por decir “sí” a Cristo en nuestra vida. Somos llamados, en definitiva, a vivir unidos a Cristo, a vivir como Él, a creer en Él. Esta llamada o vocación se nos hace ya desde el Bautismo, somos llamados a vivir como hijos del Padre, hermanos en el Hijo y templos vivos del Espíritu Santo.

Finalmente, esta llamada está íntimamente unida a la Iglesia, es una llamada a pertenecer a la Iglesia, el único lugar donde nos podemos encontrar de verdad con Cristo, y a ocupar un lugar concreto en ella. Zaqueo, se incorporó al grupo de los discípulos de Jesús y, aunque no lo sabemos, ocupó un lugar dentro de ella. En la Iglesia, la vocación a la que Dios nos ha llamado a cada uno se concreta en tres vocaciones específicas:

  • Llamada a la vida laica, en especial al matrimonio. Es decir, “hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. Así pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos (bautismo, confirmación y eucaristía), se convierte en testigo en instrumento mismo, a la vez, de la misión de la misma Iglesia.”(Lumen Gentium 33). Para esto, la vida familiar, como misterio de amor, colaboradora de la obra creadora de Dios engendrando nuevas vidas, y formadora de los nuevos cristianos, se siente especialmente llamada. Dentro de la llamada a la vida laical, algunos sin separarse de su vida ordinaria, asumen los compromisos de una vida totalmente dedicada a Dios viviendo la castidad, la pobreza evangélica y adhiriéndose totalmente a la voluntad de Dios. Son los laicos consagrados.
  • La llamada al sacerdocio ministerial. Es decir, participar de la consagración y la misión de Cristo, para obrar en su Nombre, en representación suya, y en comunión con los apóstoles y sus sucesores, predicando, santificando y gobernando el pueblo de Dios.
  • La llamada a la vida consagrada. Esto es, a buscar la especial relación con Jesús, en su vida terrena, no sólo acogiendo el reino de Dios en la propia vida, sino poniendo la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca la forma de vida de Jesús en pobreza, castidad y obediencia (Vita consecrata 14). En virtud de esta consagración viven para entregarse a las tareas más urgentes de la Iglesia y del mundo que por su propia índole requieren una más profunda dedicación (los pobres, el estudio, la enseñanza), así como avivar en los fieles la exigencia de la santidad con su testimonio de vida. Entre las tareas más urgentes está la de la oración por las necesidades de la Iglesia y del   mundo, a lo que se dedican de un modo especial los religiosos y religiosas de vida contemplativa.

Estos caminos que Dios nos ofrece en la Iglesia para corresponder a su llamada no están en la ficha de los catecúmenos, por lo que es sumamente importante que se les muestren. Pensemos que cada uno ha recibido una vocación determinada que debe descubrir y secundar. Si se silenciase algún camino podríamos estar impidiendo a alguien del grupo descubrir el camino que Dios desea para él.

Zaqueo descubrió su misión al encontrarse con Cristo. También en nuestra vida cristiana es imprescindible que encontremos la misión que Dios quiere para nosotros, la que nos realizará plenamente.

4-Para que le conozcas y goces de su amistad:

Ahora, en nuestra catequesis deberíamos propiciar un momento de encuentro íntimo con Dios, para que lo que hemos hablado cale en el corazón y, evidentemente, favorecer que cada catecúmeno se plantee lo que Dios quiere de él delante de su presencia en la oración. La oración es el lugar del discernimiento vocacional, donde escuchamos la voz de Dios que llama; cualquier vocación tiene su origen en los momentos de una oración suplicante, confiada y paciente, sabiendo que Dios responderá.

Para esto proponemos algunos textos que aparecen en la ficha y puedan ayudar a este momento de oración. También se puede hacer algún canto. Aquí cada catequista debe tener creatividad para preparar adecuadamente este rato.

Textos bíblicos: Mc 3, 13-19; Mt 10, 1; Mc 1, 20; Gn 12, 1; Jer 1, 5-10;

Hch 22, 4-21.

“Ser totalmente de Dios, entregarse a Él y a su servicio por amor, he ahí la vocación no sólo de algunos elegidos, sino de todo cristiano, consagrado o no, hombre o mujer. Cada uno está llamado al seguimiento de Cristo. Y cuanto más avanza uno por este camino tanto más semejante a Cristo será. Y ya que Cristo personifica el ideal de la perfección (…), sus seguidores fieles son elevados cada vez más sobre los límites de la naturaleza”. (Edith Stein).

“Formulad al divino Maestro, con seriedad y disponibilidad sincera, la pregunta: ¿Qué quieres que haga? ¿qué proyectos tienes para mí? ¿de qué modo puedo responder a lo que la Iglesia me pide? El Señor no os dejará sin respuesta en lo profundo de vuestro corazón; lo hará en el momento propicio y providencial”.

“¡Escuchad la voz de Cristo! Cada uno de vosotros ha recibido de Él una llamada. Cada uno de vosotros tiene un nombre que sólo Él conoce. La juventud es la edad en la que se busca la propia identidad para proyectar el futuro. Dejaos guiar por Cristo en la búsqueda de lo que puede ayudar a realizaros plenamente”.

(Orar. Juan Pablo II).

5-Y ahora, tú ¿qué dices?:

Es necesario asumir algún compromiso personal, evaluable y concreto que modifique efectivamente la propia situación vital, según lo que cada uno ha descubierto en el tema o en la propia oración. Si no se hace así, nuestras reuniones pasan “por encima de nosotros” sin llevarnos a ningún lado. Se debe insistir en hacer dicho compromiso y ser fiel a él. Se puede evaluar de vez en cuando y así estará fresco…

5-Y ahora, tú ¿qué dices?: