Delegación de Pastoral Vocacional de Madrid
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Testimonio Sacerdotal: Francisco Golfín

Golfín

Maestro de sacerdotes 

“Mañana vas a hablar con don Francisco”. Estas fueron las palabras con las que mi padre concluyó la conversación en la que, pocos días después de recibir la Confirmación, le dije que quería ser sacerdote. Don Francisco, nuestro párroco, habiendo sido durante años director espiritual en el Seminario, era sin duda la persona más adecuada para echarme una mano. Mi padre lo sabía y no dudó un momento en indicarme el camino a seguir.

 Así que al día siguiente me fui a ver a don Francisco. Sabía perfectamente quién era pues, aunque yo no participaba en los grupos de la parroquia, iba normalmente a Misa y a confesarme a San Jorge. El recuerdo de aquella conversación, eran los primeros meses de 1983 me parece, se concentra en dos puntos clave: don Francisco que me escucha y yo que encuentro un sacerdote que me dice qué me está pasando mejor de lo que yo mismo soy capaz de expresar. “Tienes una vocación como un camión de grande”: fue su comentario y, para mí, la apertura de un horizonte inmenso y un punto firme de descanso y certeza.

 A partir de ese momento comencé a participar de la vida de la parroquia y del grupo de jóvenes que don Francisco seguía porque querían ser sacerdotes. Y empecé, en la convivencia que nos ofrecía, a ser educado.

 Ante todo en la fe y en la vida cristiana según la objetividad de la propuesta de la Iglesia. La Eucaristía cotidiana y la oración de la Liturgia de las Horas eran el cauce diario que encanalaba el deseo de conocer a Jesucristo y de servir a la Iglesia. Gestos esenciales de la vida cristiana que compartíamos todos los jóvenes de la parroquia: ¡no eran actividades para los más píos o para los que habíamos manifestado el deseo de ser sacerdotes! Eran la trama normal de una vida cristiana a la que don Francisco nos educaba para hacer de nosotros cristianos adultos. Porque el sacerdote es un cristiano: y esto uno lo percibía nítidamente en don Francisco. La Misa de ocho y media de la tarde en San Jorge, a la que con gran normalidad seguía muchos días la oración de Vísperas, era además una ocasión privilegiada para gustar la fe como vida de la Iglesia, para aprender, casi sin darse cuenta, que el cristianismo es siempre una experiencia de comunión y no puede ser vivido individualísticamente. De la participación común a la Eucaristía nacía concretamente la posibilidad de compartir la vida: se empezaba a estudiar juntos, a divertirse juntos, a irse de excursión o de vacaciones con otros, a participar en campamentos, ejercicios, cursos de verano… Se empezaba a comprender que se pertenecía a ese pueblo – etnia sui generis lo llamó Pablo VI – que es la Iglesia. Nosotros sabíamos y veíamos que esa pertenencia a la que nos educaba don Francisco, él la vivía en primera persona. No sólo sabíamos que se veía semanalmente con un grupo de sacerdotes con los que había compartido la experiencia de la sierra de Madrid en sus primeros años de ministerio, sino que participábamos de la amistad que un grupo de coadjutores – hoy algunos de ellos obispos – nos ofrecían a través de la interparroquial.

 El amor a la Iglesia ha sido otro de los rasgos que rezumaban en la humanidad de don Francisco y que absorbíamos con inmensa naturalidad. Un amor nada meloso ni ingenuo. Sino concreto y determinado. No es una casualidad, en efecto, que el texto que nos hacía leer con él y que comentaba cuando nos veíamos los que queríamos ser sacerdotes, fuese la Presbyterorum ordinis. Una lectura número por número, con comentario por parte suya y preguntas a nosotros – que no teníamos ni idea de nada – sobre el significado de lo que enseñaba el Concilio y sobre cómo nosotros podíamos empezar a vivirlo. El apego de don Francisco al Vaticano II era, lo he comprendido con el tiempo, el signo más claro de una fe profundamente eclesial enraizada en la tradición de la Iglesia y apasionada por anunciar a Jesucristo a los hombres de nuestro tiempo. Un apego que se traducía en propuestas concretas como, por ejemplo, participar en la Misa crismal porque era el momento litúrgico más expresivo de la vida de la Iglesia diocesana.

 Una fe sólida, su amor por la Iglesia, una atención por la persona que tenía delante verdaderamente particular, hacían de don Francisco un sacerdote fuera de serie y un educador nato, capaz de acompañar las personas más disparatadas, por edad, recorrido personal, temperamento… Un educador que amaba el diálogo de la gracia con la libertad, que buscaba favorecer dicho diálogo – aún cuando no condujese exactamente por su mismo camino o abriese vías nuevas – y que, por eso – lo puedo decir con conocimiento de causa – no tenía miedo de esperar y de dejar que la persona a la que acompañaba pudiese incluso equivocarse.

“¿Ya estás aquí?”: fue el saludo con el que me recibió tras tres meses de despiste. “Estaba claro que volvías”. Y, sin embargo, me había dejado irme, diciéndome sólo que fuese serio en la relación con Jesucristo.

 Aunque llevaba ya algunos años trabajando fuera de España, la Providencia me concedió la gracia de estar en Madrid cuando murió don Francisco y de ver en aquella multitud de obispos, sacerdotes y fieles, presentes en el Cerro de los Ángeles durante su entierro, la fecundidad de su vida cristiana y sacerdotal. Hoy don Francisco, estoy seguro y sin querer suplir el juicio de la Iglesia, continúa acompañando mi vida sacerdotal con su intercesión.

 

Gabriel Richi Alberti