Testimonio Sacerdotal: José María García Lahiguera
“Sacerdote de los sacerdotes”
Mons. D. JOSÉ MARÍA GARCÍA LAHIGUERA
D. José Mª García Lahiguera nace en Fitero (Navarra) el día nueve de marzo de 1903. Es el segundo de los cuatro hijos del matrimonio formado por D. Vicente García Albericio y Dña. María Lahiguera Martínez.
A los nueve años dice que quiere ser sacerdote y a los diez ingresa en el Seminario Menor de Tudela. En 1915 la familia se traslada a vivir a Madrid, y él continúa sus estudios en el seminario conciliar de esta ciudad, al que siempre llamará “Mi casa”. En 1981 escribía en la revista del seminario: “Fui feliz, totalmente feliz, en todo momento, entonces y ahora cuando lo recuerdo. Los años de seminarista dejaron huella en mi ser, fueron la forja que al calor del espíritu y constante trabajo, moldearon la figura del futuro sacerdote; fueron como el riego suave en la semilla de la vocación que luego se desarrolló en el apostolado de toda mi vida…Porque no he pasado por el Seminario; en espíritu, quedé allí” . En el seminario conciliar de Madrid vivió más de 30 años. Primeramente como seminarista, posteriormente como superior y en su última y tan recordada etapa, como Director Espiritual.
D. José María recibió la ordenación sacerdotal, el 29 de Mayo de 1926, de manos del Obispo de Madrid, D. Leopoldo Eijo Garay, y celebró su primera Misa en la capilla del Seminario, al día siguiente, Solemnidad de la Santísima Trinidad.
El sacerdocio era su gran empresa. Por ella vivió hasta recibir el don sagrado y por ella se entregó como “Sacerdote de los sacerdotes” durante toda su vida. En los años de la II República y posterior guerra civil, su actitud y dedicación en favor de los sacerdotes y sus familiares fue extraordinaria. Recorría incansablemente las calles de Madrid, buscando a sus queridos hermanos sacerdotes y a sus seminaristas, como buen pastor que va recorriendo las ovejas dispersas y escondidas. Y todo ello, “protegido” sólo con un carnet de corredor de libros. Pero él no contaba con otra protección que la valiosa y paternal providencia de Dios y de la Madre de Cristo Sacerdote, su otro gran amor.
En estos duros años de la persecución religiosa, D. José María hierve en ansias de comunicar su celo y ofrecer caminos de santificación al sacerdote. Al cumplir treinta y tres años, 3 de marzo de 1936, el recuerdo de la edad de Cristo le hace soñar con una amplia obra sacerdotal, que él titula “Cruzada pro sacerdotio”, con tres acciones: difundir la práctica del Jueves Sacerdotal entre los fieles, también en los Seminarios, y como se trata de algo permanente y necesario en la Iglesia, el pedir y santificarse por la santificación de los sacerdotes, dice … “creo que debe pedirse mucho a Nuestro Señor, si conviene ir pensando en la fundación de una Orden religiosa de monjas de clausura cuyo fin primordial, por no decir exclusivo, había de ser la oración y el sacrificio por los sacerdotes y seminaristas”.
Durante la guerra civil, el encuentro providencial con María del Carmen Hidalgo de Caviedes y Gómez quien sentía en su espíritu la misma exigencia y necesidad, dio origen a la Congregación de HH. Oblatas de Cristo Sacerdote, a quien D. José María considerará, junto con el sacerdocio, la otra niña de sus ojos.
En el Año Santo de 1950, D. José María recibió dos gracias muy singulares de parte del Señor: su elección y consagración episcopal (17 de Mayo y 29 de Octubre, respectivamente) y la concesión por la Santa Sede del Decreto de erección como Congregación Religiosa de derecho diocesano, de las HH. Oblatas (31 de Mayo).
Fue primeramente Obispo auxiliar de Madrid, posteriormente titular de Huelva y finalmente Arzobispo de Valencia, donde fue aceptada su renuncia en 1978, cumplidos los setenta y cinco años de edad. Tras esos veintiocho años al frente de la grey como sucesor de los Apóstoles, regresó a Madrid, a la Casa Madre de las HH. Oblatas de Cristo Sacerdote, donde apartado en su “Casa de la Virgen”, ya podía dedicar en intimidad ante el Sagrario, horas y horas a compartir con el Eterno Sacerdote, su oración y oblación al Padre por “ellos” y por la Iglesia. Entonces, decía que sentía con mayor urgencia el peso de responsabilidad que le daba el ser Obispo de la Iglesia universal, dignidad y servicio a los que no le era posible renunciar por edad, y vivía intensamente los dolores y gozos de su peregrinar en la tierra.
En su vida de entrega y amor al sacerdocio de Cristo y a sus sacerdotes, hay que destacar su incansable afán y desvelo en favor del Día de Santificación sacerdotal (celebrado en la diócesis de Madrid por primera vez en 1948 y establecido desde 1950) y de la promoción e instauración de la fiesta litúrgica de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote celebrada en España desde 1974.
Así, con una vida entregada y ofrecida al Señor en su Iglesia “pro eis”, por los sacerdotes fue llamado a su Presencia el 14 de Julio de 1989. Sus restos descansan en el presbiterio de la Capilla de HH. Oblatas de Cristo Sacerdote en Madrid.
Oblatas de Cristo Sacerdote
TEXTOS DE JOSÉ Mª GARCÍA LAHIGUERA
Palabra antisacerdotal: reservarse. ¿Reservarme? ¿Para quién? ¿No soy todo tuyo y solo tuyo, Señor? ¿Reservarme? ¿Para qué? ¿No es esto ahora toda tu voluntad? ¿Reservarme? ¿Para cuando? ¿Tengo otro tiempo fuera de este que pasa? Y no olvidéis estas palabras: toda obra grande –santidad sacerdotal– es fruto de una gran pasión, el amor, puesto al servicio de un gran ideal, Cristo. Y no olvidéis que la medida del amor es amar sin medida. El sacerdote tiene la dicha de ser el más agraciado de los hombres.
Interesa, interesa mucho la santidad sacerdotal. Porque la santidad del sacerdote, su perfección, virtud, ejemplaridad, endiosamiento no es que acreciente la gracia propia del sacramento que administra, sino que influye con su gesto, su palabra, su forma de ser, modelo y ejemplar, con su prestigio, con todo un conjunto de cosas que dicen al alma que recibe el sacramento de sus manos, que está en presencia de un santo.
Me decían a mí: –“¿Usted querrá tener unos cuantos curas de Ars?–. No unos cuantos, contesté. ¿Por qué no todos? Son todos sacerdotes y han de ser como Cristo Sacerdote.
Ser “como Él”, otros “Cristos” por nuestro ser sacerdotal y nuestros poderes ministeriales está exigiendo una santidad de altura, cual corresponde a la dignidad. ¡Como Él! ¡Como Él!
Hay que enamorarse de Cristo. Y con amor de intimidad. Porque hay que alcanzar sus delicadezas. No es sólo que por el trabajo; que por Él me doy a las almas… Hay algo más, algo más. Es la intimidad, es la identificación: sacerdos alter Christus.
¿Qué entiendo por intimidad? El amor lleva siempre a cabo la unión, pero siempre hay dos. No: la intimidad aspira a ser uno. Vivo ego, iam non ego, vivit in me Christus (Gal 2,20). Es unión transformante. Ser como Él. La gran expresión