Testimonio Sacerdotal: Julio Navarro
Don Julio Navarro
Todos conocemos personas admirables, pero no imitables. Eso he dicho muchas veces de Don Julio Navarro. Hombre fiel y bueno en el amplio sentido de la palabra. Recordar la Iglesia de Madrid de los años cincuenta y sesenta no es posible sin mencionarle a él y a tantos como él que han sido referencia en esas décadas.
Don Julio en esos años era el Padre Espiritual del Seminario Menor y luego de filósofos, de los seminaristas que pasaban a estudiar filosofía. Estaba organizado el Seminario para pasar, según las etapas, de formador y de padre espiritual. Muchos formadores del Seminario de entonces se dirigían también con don Julio, y bastantes sacerdotes diocesanos acudían también a confesarse con él. Y todos, en situaciones difíciles y límites le consultábamos.
Don Julio ha sido el hombre creyente, fiel, austero, trabajador y entregado.
La oración marcaba su vida y la austeridad lo ha hecho pobre y bienaventurado. «Bienaventurados los pobres…».
Don Julio ha sido un hombre de su tiempo. Según sus limitaciones y formación aprendió a obedecer y se ha entregado, gastado y desgastado por los demás, “pro eis hostiam”, sin pedir nada, sin esperar nunca nada. Supo estar donde le mandaban y servir donde estaba, servir a todos los que trataba.
Don Julio está haciendo la vida que ha hecho siempre: orar y entregarse a Dios y a los demás. Fiel a la teología y espiritualidad de su tiempo, sin desfallecer.
Ha visto cómo el mundo, la Iglesia y los sacerdotes que él ha acompañado hemos ido cambiando. La Iglesia es para el mundo que está en constante evolución. El Evangelio siempre tiene que verterse en moldes nuevos. A tiempos nuevos, nuevos cristianos. Asignatura pendiente siempre para todos los que nos atamos a otras seguridades y echamos de menos las ollas de Egipto.
El cariño que nos tiene a los que hemos aprendido lo fundamental de él, le hace aceptar, valorar y hasta alegrarse del sacerdocio que vamos viviendo. De la vida de trabajo, servicio y entrega que llevamos, aunque las formas en el tiempo y espacio sean diferentes. Se alegra del amor que sentimos a todos y por todos sin excepción. Y sólo nos advierte de la necesidad de cuidarnos en el alma y en el cuerpo para servir mejor.
Don Julio y nosotros sabemos que lo fundamental ha sido transmitido. Él ha sido una buena mediación. Las formas tienen que cambiar y cuando hay amor caminamos juntos siendo diferentes, en el misterio de la unidad de la Iglesia. Todos unidos a Cristo, verdadero y único sacerdote, haciendo lo que Él hizo, continuando lo que Él inició.
Agradezco a Don Julio que sea como es y a tantos de aquellos años y de éstos que son fieles a Dios y a las personas. Santos que hacen la Iglesia, los santos de hoy y hacen la esperanza posible.
Lucas Cano Reyes